En aquel tiempo, Jesús se marchó y se retiró al país de Tiro y Sidón.
Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle: «Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo.»
Él no le respondió nada.
Entonces los discípulos se le acercaron a decirle: «Atiéndela, que viene detrás gritando.»
Él les contestó: «Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel.»
Ella los alcanzó y se postró ante él, y le pidió: «Señor, socórreme.»
Él le contestó: «No está bien echar a los perros el pan de los hijos.»
Pero ella repuso: «Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos.»
Jesús le respondió: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas.»
En aquel momento quedó curada su hija.
Nos sabemos hijos de Dios y, por tanto, nos creemos con el derecho de comer el pan que el Señor nos ofrece. Sin embargo, ¿somos acaso dignos de sentarnos primero a su mesa para, después, poder comer de ese pan? Miras alrededor y ves que hay muchísimas personas hambrientas de Dios. Están buscando en corrientes espiritistas, filosóficas, científicas… algo con lo que dar sentido a su existencia y… ¿qué hacemos nosotros (los hijos)? Ni tan siquiera podemos ofrecerles las migajas porque no partimos el pan que se nos da.
Como el pueblo hebreo errante por el desierto nos encontramos hoy muchos cristianos. Andamos vagando de un sitio para otro buscando también a Dios. Buscamos migajas de pan cuando tenemos al PAN DE VIDA.
El regalo de Dios hoy está en que nos demos cuenta cómo los alejados y no creyentes, en su afán de búsqueda de algo más, nos animan a nosotros mismos a que descubramos a alguien más (pan) y les demos pequeños destellos (migajas) de esperanza para que también un día ellos coman de ese mismo pan.
- ¿Qué murmuro de Dios? ¿De qué culpo a Dios?
- ¿Como del pan que Jesús me entrega? ¿Soy capaz de repartir ese mismo pan?
Sal 105,6-7a.13-14.21-22.23
Acuérdate de mí, Señor, por amor a tu pueblo
hemos cometido maldades e iniquidades.
Nuestros padres en Egipto
no comprendieron tus maravillas.
Bien pronto olvidaron sus obras,
y no se fiaron de sus planes:
ardían de avidez en el desierto
y tentaron a Dios en la estepa.
Se olvidaron de Dios, su salvador,
que había hecho prodigios en Egipto,
maravillas en el país de Cam,
portentos junto al mar Rojo.
Dios hablaba ya de aniquilarlos;
pero Moisés, su elegido,
se puso en la brecha frente a él,
para apartar su cólera del exterminio.





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