domingo, 2 de agosto de 2015

Lectura del santo evangelio según san Mateo 14,13-21:



En aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan, el Bautista, se marchó de allí en barca, a un sitio tranquilo y apartado. Al saberlo la gente, lo siguió por tierra desde los pueblos. Al desembarcar, vio Jesús el gentío, le dio lástima y curó a los enfermos.
Como se hizo tarde, se acercaron los discípulos a decirle: «Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren de comer.»
Jesús les replicó: «No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer.»
Ellos le replicaron: «Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces.»
Les dijo: «Traédmelos.»
Mandó a la gente que se recostara en la hierba y, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente. Comieron todos hasta quedar satisfechos y recogieron doce cestos llenos de sobras. Comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños. 




A Jesús, se le conmueven las entrañas ante los que le han seguido y no tienen qué comer. Llevado por su buen corazón y su preocupación por ellos, realiza el milagro de la multiplicación de cinco panes y de dos peces. Pero la misión más importante de Jesús no es llenar el estómago de la gente. Su misión es más abarcante y profunda: llenar de amor los corazones de las personas. Éste es el gran milagro que viene a realizar con cada uno de nosotros. Lo que quiere es multiplicar el amor, que es la mejor manera de multiplicar el pan.


                        Hoy, para quitar el hambre en el mundo, no es necesario el milagro de la multiplicación de los panes y los peces. No hace falta, porque hay alimentos suficientes para dar de comer a los siete mil millones de personas que poblamos la tierra. Lo que no existe es la voluntad clara y decidida de una correcta y justa distribución de esos bienes, para que lleguen a todos. No es cuestión de que falten los panes y los peces. Es cuestión de que en el corazón de las personas que los tienen está ausente la justicia y el amor para hacer llegar ese alimento a todos. Llenemos nuestro corazón del amor que Jesús nos regala para que demos de comer al hambriento, de beber al sediento…



 
 

Sal 80,12-13.14-15.16-17 
 Aclamad a Dios, nuestra fuerza
 
 
 
Mi pueblo no escuchó mi voz,
Israel no quiso obedecer:
los entregué a su corazón obstinado,
para que anduviesen según sus antojos.

¡Ojalá me escuchase mi pueblo
y caminase Israel por mi camino!:
en un momento humillaría a sus enemigos
y volvería mi mano contra sus adversarios. 


 Los que aborrecen al Señor te adularían,
y su suerte quedaría fijada;
te alimentaría con flor de harina,





 
 


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