En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:
-«Se parecerá el reino de los cielos a diez doncellas que tomaron sus lámparas y salieron a esperar al esposo.
Cinco de ellas eran necias y cinco eran sensatas.
Las necias, al tomar las lámparas, se dejaron el aceite; en cambio, las sensatas se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas.
El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron.
A medianoche se oyó una voz:
¨¡ Que llega el esposo, salid a recibirlo!
Entonces se despertaron todas aquellas doncellas y se pusieron a preparar sus lámparas.
Y las necias dijeron a las sensatas:
"Dadnos un poco de vuestro aceite, que se nos apagan las lámpa-ras."
Pero las sensatas contestaron:
"Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis."
Mientras iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta.
Más tarde llegaron también las otras doncellas, diciendo:
"Señor, señor, ábrenos."
Pero él respondió:
"Os lo aseguro: no os conozco."
Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora.»
La parábola de las diez vírgenes es una invitación a la vigilancia. Vigilar no significa vivir con miedo y angustia, quiere decir vivir de manera responsable nuestra vida de hijos de Dios, nuestra vida de fe, esperanza y caridad. El Señor espera continuamente nuestra respuesta de fe y amor, constantes y pacientes, en medio de las ocupaciones y preocupaciones que van tejiendo nuestro vivir.
La vigilancia tiene que ser en el cristiano una actitud constante, porque no basta sólo con iniciarnos en el camino que nos lleva al encuentro con Cristo, como las vírgenes que tomaron sus lámparas, sino que hay que perseverar aun en medio de las dificultades, sin ceder a la tentación de la vida cómoda y aburguesada.
San Agustín, cuya fiesta celebramos hoy, ilustra bellamente esta idea de la perseverancia: “¿Acaso no son las vírgenes prudentes las que perseveran hasta el fin? Por ninguna otra causa, por ninguna otra razón se las habría dejado entrar sino por haber perseverado hasta el final…Y porque sus lámparas arden hasta el último momento, se les abren de par en par la puertas y se les dice que entren”.
El “aceite” que nos mantiene vigilantes es la oración, la intimidad con Jesús. Ya lo dijo Él a sus discípulos: “Velad y orad, para no caer en la tentación”.
Sorprende en este Evangelio el comportamiento de las vírgenes sensatas, que negaron su aceite a las necias que lo habían olvidado. Sin embargo la intención del autor sagrado es poner de manifiesto que la vigilancia es personal, nadie puede suplirnos en esta tarea. “Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti”, escribió San Agustín.
Pidamos al Señor que nos ayude a estar siempre en vela.
Sal 96, 1 y 2b. 5-6. 10. 11-12
Alegraos, justos, con el Señor.
se alegran las islas innumerables.
Justicia y derecho sostienen su trono.
Los montes se derriten como cera
ante el dueño de toda la tierra;
los cielos pregonan su justicia,
y todos los pueblos contemplan su gloria.
El Señor ama al que aborrece el mal,
protege la vida de sus fieles
y los libra de los malvados.
Amanece la luz para el justo,
y la alegría para los rectos de corazón.
Alegraos, justos, con el Señor,
celebrad su santo nombre.





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