lunes, 23 de mayo de 2016

Efesios 5.24 – 27


Así que, como la iglesia está sujeta a Cristo, de igual manera las esposas lo estén a sus esposos en todo. Esposos, amad a vuestras esposas, así como también Cristo amó a la iglesia y se entregó a sí mismo por ella, a fin de santi
ficarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua con la palabra,
para presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa que no tenga mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que sea santa y sin falta.
 

 


 
Algunas veces se descoloca totalmente el énfasis de este pasaje, y se ve como si su esencia fuera la subordinación de la mujer al marido. La frase: «El marido es el cabeza de la mujer», se cita a menudo aisladamente. Pero la base del pasaje no es el dominio, sino el amor.
(i) Debe ser un amor sacrificial. Debe amarla como Cristo amó a la Iglesia y Se dio a Sí mismo por ella. No debe ser nunca un amor egoísta. Cristo amó a la Iglesia, no para que la Iglesia hiciera cosas por Él, sino para hacer Él cosas por ella. Crisóstomo hace un desarrollo maravilloso de este pasaje: «¿Te has dado cuenta de cuál es la medida de la obediencia? Presta atención también a la medida del amor. ¿Te gustaría que tu mujer te obedeciera como obedece la Iglesia a Cristo? Ten de ella el mismo cuidado que tiene Cristo de la Iglesia. Y,
si fuera necesario que dieras tu vida por ella, o que se te descuartizara mil veces, o sufrir lo que fuera por ella, no lo rechaces... Cristo trajo a la Iglesia a Sus pies por medio del gran cuidado que tuvo de ella, no con amenazas
ni con temor ni con cosas parecidas; compórtate tú así con tu mujer».
 
 
 
 
(ii) Tiene que ser un amor purificador. Cristo limpió y consagró a la Iglesia por medio del agua del Bautismo el día en que cada miembro de la Iglesia hizo su confesión de fe. Pablo está pensando en el Bautismo. Mediante el agua del Bautismo y la confesión de fe, Cristo buscó hacer una Iglesia para Sí, limpia y
consagrada, de tal manera que no le quedara ninguna mancha que la ensuciara ni arruga que la afeara. Cualquier amor que arrastra a una persona hacia abajo es falso. Cualquier amor que insensibiliza en lugar de suavizar el carácter, que recurre al engaño, que debilita la fibra moral, no es amor. El verdadero amor es el
gran purificador de la vida.
(iii) Debe ser un amor que cuida. Un hombre debe amar a su mujer como ama su propio cuerpo. El verdadero amor no ama para obtener servicios, ni para asegurarse la satisfacción de sus necesidades físicas; se preocupa de la persona amada. Hay algo que no es como es debido cuando un hombre considera a su
mujer, consciente o inconscientemente, simplemente como la que le hace la
comida...
 
 
(iv) Es un amor inquebrantable. Por este amor un hombre deja padre y madre y se une a su mujer. Ambos llegan a ser una cola carne. Él está unido a ella como los miembros del cuerpo están unidos entre sí; y el separarse de ella sería para él como el desgarrar los miembros de su cuerpo. Aquí tenemos sin duda un ideal
para una edad en la que se cambiaba  -o se cambia-  de cónyuge tan fácilmente como se cambia de ropa
 
 
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