lunes, 10 de agosto de 2015

Lectura del libro del Deuteronomio 31,1-8



Moisés dijo estas palabras a los israelitas: «He cumplido ya ciento veinte años, y me encuentro impedido; además, el Señor me ha dicho: "No pasarás ese Jordán." El Señor, tu Dios, pasará delante de ti. Él destruirá delante de ti esos pueblos, para que te apoderes de ellos. Josué pasará delante de ti, como ha dicho el Señor. El Señor los tratará como a los reyes amorreos Sijón y Og, y como a sus tierras, que arrasó. Cuando el Señor os los entregue, haréis con ellos lo que yo os he ordenado. ¡Sed fuertes y valientes, no temáis, no os acobardéis ante ellos!, que el Señor, tu Dios, avanza a tu lado, no te dejará ni te abandonará.»
Después Moisés llamó a Josué, y le dijo en presencia de todo Israel: «Sé fuerte y valiente, porque tú has de introducir a este pueblo en la tierra que el Señor, tu Dios, prometió dar a tus padres; y tú les repartirás la heredad. El Señor avanzará ante ti. Él estará contigo; no te dejará ni te abandonará. No temas ni te acobardes.»







El texto sagrado nos traslada un discurso que Moisés dirige a todo el pueblo de Israel y, a renglón seguido, otro que se dirige a Josué. Son palabras de patente relevancia para el momento histórico que está viviendo el pueblo elegido, a un tiro de piedra de la Tierra de la Promesa, objetivo tantas veces soñado. Moisés encomienda a Josué la tarea de conducir al pueblo en el paso del Jordán y en la entrada en la tierra que el Señor da a su pueblo; luego Josué es confirmado por el Señor para tan extraordinaria misión. El que ha guiado durante casi todo el tiempo al pueblo por el desierto no puede rematar el recorrido; el logro de la conquista de la tierra, el reparto no siempre fácil entre las diversas tribus corresponderá a Josué a quien la Biblia presenta como un alter ego de Moisés




 No obstante el protagonismo de estos dos significados israelitas, en todo el relato queda de manifiesto que el que guía al pueblo es el Señor, quien lo orienta, quien lo anima, quien lo advierte de los peligros y de las dificultades que entraña el lograr el objetivo de la patria prometida es el que se ha escogido este pueblo como propiedad y ha derrochado para su provecho todo tipo de maravillas. La proeza está a punto de alcanzarse y, como era de esperar, la mano del Pastor de Israel se advierte en este momento trascendental con su autoridad y señorío



 
. La porción del Señor fue su pueblo
 
 
Voy a proclamar el nombre del Señor:
dad gloria a nuestro Dios.
Él es la Roca,
sus obras son perfectas.

Acuérdate de los días remotos,
considera las edades pretéritas,
pregunta a tu padre, y te lo contará,
a tus ancianos, y te lo dirán.

Cuando el Altísimo daba a cada pueblo su heredad
y distribuía a los hijos de Adán,
trazando las fronteras de las naciones,
según el número de los hijos de Dios.

La porción del Señor fue su pueblo,
Jacob fue el lote de su heredad.
El Señor sólo los condujo,
                        no hubo dioses extraños con él.                           
 
 
 


domingo, 9 de agosto de 2015

Lectura del santo evangelio según san Juan 12,24-26:




En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo se guardará para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo premiará.»                        

De manera machacona, Jesús nos repite que debemos, llevados por el amor, entregar nuestra vida en favor de los demás, con expresiones vigorosas como las de hoy: “el que se ama a sí mismo, se pierde; y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna”, o con otras expresiones: el que entrega y pierde la vida, la gana; el que la reserva para sí, el que la gana, la pierde… Como Jesús es nuestro “camino”, fue lo que él hizo: entregar su vida en favor de todos nosotros. No lo hizo por un ejercicio de ascesis, lo hizo para enseñarnos la única senda que conduce a la vida, a la felicidad, al gozo de vivir. Quien solo piensa en sí mismo, quien solo piensa en su propio bienestar y descarta el de los demás, nunca hallará la verdadera vida, nunca hallará la alegría de vivir, no será feliz.
 
Para recordarnos esta sublime y paradójica verdad, Jesús siempre que celebramos la eucaristía nos la recuerda al entregarnos su cuerpo roto y su sangre derramada. A Jesús siempre le encontraremos en el camino de la entrega… ¿queremos disfrutar de la presencia de Jesús? Caminemos por el camino de la entrega, del amor. “El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí estará mi servidor”.
 



Sal 111,1-2.5-6.7-8.9
 
Dichoso el que se apiada y presta
 
Dichoso quien teme al Señor
y ama de corazón sus mandatos.
Su linaje será poderoso en la tierra,
la descendencia del justo será bendita.
Dichoso el que se apiada y presta,
y administra rectamente sus asuntos.
El justo jamás vacilará,
su recuerdo será perpetuo.
No temerá las malas noticias,
su corazón está firme en el Señor.
Su corazón está seguro, sin temor,
hasta que vea derrotados a sus enemigos.
Reparte limosna a los pobres;
su caridad es constante, sin falta,
y alzará la frente con dignidad.             
 
            

jueves, 6 de agosto de 2015

Lectura del libro del Deuteronomio 4,32-40

Moisés habló al pueblo, diciendo: «Pregunta, pregunta a los tiempos antiguos, que te han precedido, desde el día en que Dios creó al hombre sobre la tierra: ¿hubo jamás, desde un extremo al otro del cielo, palabra tan grande como ésta?; ¿se oyó cosa semejante?; ¿hay algún pueblo que haya oído, como tú has oído, la voz del Dios vivo, hablando desde el fuego, y haya sobrevivido?; ¿algún Dios intentó jamás venir a buscarse una nación entre las otras por medio de pruebas, signos, prodigios y guerra, con mano fuerte y brazo poderoso, por grandes terrores, como todo lo que el Señor, vuestro Dios, hizo con vosotros en Egipto, ante vuestros ojos? Te lo han hecho ver para que reconozcas que el Señor es Dios, y no hay otro fuera de él. Desde el cielo hizo resonar su voz para enseñarte, en la tierra te mostró aquel gran fuego, y oíste sus palabras que salían del fuego. Porque amó a tus padres y después eligió a su descendencia, él en persona te sacó de Egipto con gran fuerza, para desposeer ante ti a pueblos más grandes y fuertes que tú, para traerte y darte sus tierras en heredad, cosa que hoy es un hecho. Reconoce, pues, hoy y medita en tu corazón, que el Señor es el único Dios, allá arriba en el cielo, y aquí abajo en la tierra; no hay otro. Guarda los preceptos y mandamientos que yo te prescribo hoy, para que seas feliz, tú y tus hijos después de ti, y prolongues tus días en el suelo que el Señor, tu Dios, te da para siempre.» 


Esta lectura es el final del primer discurso que Moisés dirige a los israelitas. Es el discurso de la memoria, un resumen de la historia de Israel. Es un volver a tomar conciencia de los dones de Dios, de los hechos con que ha probado su amor, de cómo ha estado presente en todo momento. Dios ha actuado como un padre: educa con su palabra, se muestra lleno de amor con la fuerza de la elección, cercano con su presencia y su poder, fiel en el don de la tierra prometida.
Moisés les va recordando las maravillas que hizo el Señor para finalmente llamarlos a la conversión de costumbres. Ante el amor de Dios el hombre no puede quedar impasible, este Amor exige fidelidad. Todo el Deuteronomio insiste en esta verdad: que las relaciones de Dios con nosotros y nuestras relaciones con Él están regidas por el amor.


Estas palabras también están dirigidas a nosotros, cristianos del S.XXI, porque Dios sigue actuando en medio de nuestra historia y nos llama a entrar en ella. No basta el asentimiento intelectual de nuestra mente, hay que poner en obra nuestra fe con hechos concretos. Igual que Dios se manifiesta no en ideas sino en acontecimientos salvíficos.
«HOY» es una de las palabras clave del Deuteronomio. Es una invitación renovada a vivir cada día en plenitud. El pasado ya no está en nuestras manos, el futuro no lo tenemos aún, pero tengo en mis manos el DÍA de HOY para ¡construirlo con la correspondencia a la voluntad de Dios... fuente de felicidad!



 

Sal 76,12-13.14-15.16.21

Recuerdo las proezas del Señor





 Recuerdo las proezas del Señor;
sí, recuerdo tus antiguos portentos,
medito todas tus obras
y considero tus hazañas.

Dios mío, tus caminos son santos:
¿qué dios es grande como nuestro Dios?
Tú, oh Dios, haciendo maravillas,
mostraste tu poder a los pueblos. .

Con tu brazo rescataste a tu pueblo,
a los hijos de Jacob y de José.
Guiabas a tu pueblo, como a un rebaño,
por la mano de Moisés y de Aarón. 



miércoles, 5 de agosto de 2015

Lectura del santo evangelio según san Marcos 9, 2-10



Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos solos a una montaña alta, y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador… Se le aparecieron Elías y Moisés conversando con Jesús. Entonces Pedro tomó la palabra y dijo a Jesús: “ Maestro, ¡Qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres chozas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.
Estaban asustados y no sabía lo que decía.
Se formó una nube que los cubrió y salió una voz de la nube: “Éste es mi Hijo amado, escuchadlo”.
De pronto, al mirar alrededor, no vieron a nadie más que a Jesús…
Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: “No contéis a nadie lo que habéis visto hasta que el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos”.




Comienza con seis días después, simbolizando el día del descanso, día de relación entre Dios y su pueblo.Se va con Pedro, Santiago y Juan, los llevó a una montaña muy alta, lugar significativo para el encuentro con Dios. Sus vestidos se volvieron de una blancura deslumbrante, simbolizando la divinidad. Las figuras de Elías y Moisés indican la profecía y la Ley. Una nube que los cubrió signo de la presencia de Dios.
Todos estos rasgos nos indican que Jesús tiene un encuentro profundo con Dios. Jesús pasa a ser la ley y el profeta por excelencia. Jesús tiene parte de esa divinidad del Padre. La expresión que le confirma en su identidad profunda es “Este es mi Hijo amado”, rasgo que se repite en el bautismo. Lo nuevo es escúchenlo

Los discípulos perciben algo de lo que experimenta Jesús pero no llegan a comprender del todo. Ellos son testigos.
A este texto, le precede la perícopa donde Jesús invita a su seguimiento, éste implica una opción personal a la llamada. El seguimiento surge y se fortalece en el volver continuamente a ese: escúchenlo. El encuentro con Dios es personal e intransferible. La fe, la identidad de ser hijos e hijas amadas, no se transmite, se vive y se contagia a través de gestos de vida, de cariño, de cercanía hacia los otros.
Por ello, estamos invitados a vivir esa experiencia de transfiguración, donde descubrimos nuestra identidad profunda, la que nos lleva a implicarnos a favor de la vida, la justicia y el amor. Apostemos por crear espacios “montaña” donde las personas podamos reconocernos de forma consciente como hijos e hijas amadas.


 
Sal 96, 1-2. 5-6.
 
El Señor reina, altísimo sobre toda la tierra.


El Señor reina, la tierra goza,
se alegran las islas innumerables.
Tiniebla y nube lo rodean,
justicia y derecho sostienen su trono.

 Los montes se derriten como cera
ante el dueño de toda la tierra;
los cielos pregonan su justicia,
y todos los pueblos contemplan su gloria.

Porque tú eres, Señor,
altísimo sobre toda la tierra,
encumbrado sobre todos los dioses.
 
 

martes, 4 de agosto de 2015

Lectura del santo evangelio según san Mateo 15,21-28



 
En aquel tiempo, Jesús se marchó y se retiró al país de Tiro y Sidón.
Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle: «Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo.»
Él no le respondió nada.
Entonces los discípulos se le acercaron a decirle: «Atiéndela, que viene detrás gritando.»
Él les contestó: «Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel.»
Ella los alcanzó y se postró ante él, y le pidió: «Señor, socórreme.»
Él le contestó: «No está bien echar a los perros el pan de los hijos.»
Pero ella repuso: «Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos.»
Jesús le respondió: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas.»
En aquel momento quedó curada su hija.          


              
 
En el Antiguo Testamento, los cananeos eran los no judíos por antonomasia. De acuerdo con la orientación general del relato de Mateo, en la curación de la hija de una mujer cananea, no es Jesús quien se adentra en ese territorio extranjero, sino la mujer la que sale al encuentro del Maestro y, frente a las reticencias iniciales de este último, logra con su gran fe que la buena noticia de la llegada del Reino alcance también a quienes no son judíos. Se adelanta así de alguna manera la misión universal que Jesús ordenará a sus discípulos después de Pascua (Mt 28, 19).
Nos sabemos hijos de Dios y, por tanto, nos creemos con el derecho de comer el pan que el Señor nos ofrece. Sin embargo, ¿somos acaso dignos de sentarnos primero a su mesa para, después, poder comer de ese pan? Miras alrededor y ves que hay muchísimas personas hambrientas de Dios. Están buscando en corrientes espiritistas, filosóficas, científicas… algo con lo que dar sentido a su existencia y… ¿qué hacemos nosotros (los hijos)? Ni tan siquiera podemos ofrecerles las migajas porque no partimos el pan que se nos da.



Como el pueblo hebreo errante por el desierto nos encontramos hoy muchos cristianos. Andamos vagando de un sitio para otro buscando también a Dios. Buscamos migajas de pan cuando tenemos al PAN DE VIDA.
El regalo de Dios hoy está en que nos demos cuenta cómo los alejados y no creyentes, en su afán de búsqueda de algo más, nos animan a nosotros mismos a que descubramos a alguien más (pan) y les demos pequeños destellos (migajas) de esperanza para que también un día ellos coman de ese mismo pan.
- ¿Qué murmuro de Dios? ¿De qué culpo a Dios?
- ¿Como del pan que Jesús me entrega? ¿Soy capaz de repartir ese mismo pan?


 
 
 
Sal 105,6-7a.13-14.21-22.23
 
Acuérdate de mí, Señor, por amor a tu pueblo


 
Hemos pecado con nuestros padres,
hemos cometido maldades e iniquidades.
Nuestros padres en Egipto
no comprendieron tus maravillas.

Bien pronto olvidaron sus obras,
y no se fiaron de sus planes:
ardían de avidez en el desierto
y tentaron a Dios en la estepa.

Se olvidaron de Dios, su salvador,
que había hecho prodigios en Egipto,
maravillas en el país de Cam,
portentos junto al mar Rojo.

Dios hablaba ya de aniquilarlos;
pero Moisés, su elegido,
se puso en la brecha frente a él,
para apartar su cólera del exterminio.                     



lunes, 3 de agosto de 2015

Lectura del libro de los Números 12, 1-13




En aquellos días, María y Aarón hablaron contra Moisés, a causa la mujer cusita que habla tomado por esposa.
Dijeron: «¿Ha hablado el Señor sólo a Moisés? ¿No nos ha hablado también a nosotros?»
El Señor lo oyó. Moisés era el hombre más sufrido del mundo.
El Señor habló de repente a Moisés, Aarón y María: «Salid los tres hacia la tienda del encuentro.»
Y los tres salieron. El Señor bajó en la columna de nube y se colocó a la entrada de la tienda, y llamó a Aarón y María.
Ellos se adelantaron, y el Señor dijo: «Escuchad mis palabras: Cuando hay entre vosotros un profeta del Señor, me doy a conocer a él en visión y le hablo en sueños; no así a mi siervo Moisés, el más fiel de todos mis siervos. A él le hablo cara a cara; en presencia y no adivinando contempla la figura del Señor. ¿Cómo os habéis atrevido a hablar contra mi siervo Moisés?»
La ira del Señor se encendió contra ellos, y el Señor se marchó. Al apartarse la nube de la tienda, María tenla toda la piel descolorida, como nieve. Aarón se volvió y la vio con toda la piel descolorida.
Entonces Aarón dijo a Moisés: «Perdón, señor; no nos exijas cuentas del pecado que hemos cometido insensatamente. No la dejes a María como un aborto que sale del vientre, con la mitad de la carne comida.»
Moisés suplicó al Señor: «Por favor, cúrala.»                        





El texto es complejo porque por una parte indica que Aarón y María critican a Moisés por haber tomado por esposa a una extranjera, pero a la hora de verbalizar las quejas sólo se refieren a las relaciones privilegiadas que Dios tiene con su hermano Moisés. Quizás sea un contraste casual, pero llama la atención el color de la piel de la mujer de Moisés con el estigma blanquecino de la piel de María. Pero es Moisés el centro del relato y sus privilegiadas relaciones con Dios, hasta el punto que el texto le da un relieve mucho más significado que a los setenta ancianos cuyo espíritu había compartido. No cabe duda respecto a la misión que Moisés cumplió con su pueblo, lo que le reportó una dignidad entre los suyos inigualable.




Misión que cabe ser traducida también en los eventos más pequeños como es en el hecho de interceder, por confianza con Dios, por María; lo que nos deja bien a las claras que la cercanía de Dios no es nunca para disfrutar de una relación en exclusividad, cuanto para repartir la gracia, la misericordia y el amor que de Dios siempre viene para su pueblo.



 
 
 
Sal 50,3-4.5-6.12-13
 
 Misericordia, Señor: hemos pecado
 
Misericordia, Dios mío, por tu bondad,
por tu inmensa compasión borra mi culpa;
lava del todo mi delito,
limpia mi pecado.

Pues yo reconozco mi culpa,
tengo siempre presente mi pecado:
contra ti, contra ti solo pequé,
cometí la maldad que aborreces.
En la sentencia tendrás razón,
en el juicio resultarás inocente.

Oh Dios, crea en mí un corazón puro,
renuévame por dentro con espíritu firme;
no me arrojes lejos de tu rostro,
no me quites tu santo espíritu.                    
 
 
 
 

 




 


domingo, 2 de agosto de 2015

Lectura del santo evangelio según san Mateo 14,13-21:



En aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan, el Bautista, se marchó de allí en barca, a un sitio tranquilo y apartado. Al saberlo la gente, lo siguió por tierra desde los pueblos. Al desembarcar, vio Jesús el gentío, le dio lástima y curó a los enfermos.
Como se hizo tarde, se acercaron los discípulos a decirle: «Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren de comer.»
Jesús les replicó: «No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer.»
Ellos le replicaron: «Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces.»
Les dijo: «Traédmelos.»
Mandó a la gente que se recostara en la hierba y, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente. Comieron todos hasta quedar satisfechos y recogieron doce cestos llenos de sobras. Comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños. 




A Jesús, se le conmueven las entrañas ante los que le han seguido y no tienen qué comer. Llevado por su buen corazón y su preocupación por ellos, realiza el milagro de la multiplicación de cinco panes y de dos peces. Pero la misión más importante de Jesús no es llenar el estómago de la gente. Su misión es más abarcante y profunda: llenar de amor los corazones de las personas. Éste es el gran milagro que viene a realizar con cada uno de nosotros. Lo que quiere es multiplicar el amor, que es la mejor manera de multiplicar el pan.


                        Hoy, para quitar el hambre en el mundo, no es necesario el milagro de la multiplicación de los panes y los peces. No hace falta, porque hay alimentos suficientes para dar de comer a los siete mil millones de personas que poblamos la tierra. Lo que no existe es la voluntad clara y decidida de una correcta y justa distribución de esos bienes, para que lleguen a todos. No es cuestión de que falten los panes y los peces. Es cuestión de que en el corazón de las personas que los tienen está ausente la justicia y el amor para hacer llegar ese alimento a todos. Llenemos nuestro corazón del amor que Jesús nos regala para que demos de comer al hambriento, de beber al sediento…



 
 

Sal 80,12-13.14-15.16-17 
 Aclamad a Dios, nuestra fuerza
 
 
 
Mi pueblo no escuchó mi voz,
Israel no quiso obedecer:
los entregué a su corazón obstinado,
para que anduviesen según sus antojos.

¡Ojalá me escuchase mi pueblo
y caminase Israel por mi camino!:
en un momento humillaría a sus enemigos
y volvería mi mano contra sus adversarios. 


 Los que aborrecen al Señor te adularían,
y su suerte quedaría fijada;
te alimentaría con flor de harina,