viernes, 14 de octubre de 2016
Lc 12, 1-7 La audacia de la predicación
En aquel tiempo, la multitud rodeaba a Jesús en tan gran número que se atropellaban unos a otros. Entonces Jesús les dijo a sus discípulos: "Cuídense de la levadura de los fariseos, es decir de la hipocresía. Porque no hay nada oculto que no llegue a descubrirse, ni nada secreto que no llegue a conocerse. Por eso, todo lo que ustedes hayan dicho en la oscuridad, se dirá a plena luz, y lo que hayan dicho en voz baja y en privado, se proclamará desde las azoteas. Yo les digo a ustedes, amigos míos: No teman a aquellos que matan el cuerpo y después ya no pueden hacer nada más. Les voy a decir a quién han de temer: Teman a aquel que, después de darles muerte, los puede arrojar al lugar de castigo. Se lo repito: A él sí tienen que temerlo. ¿No se venden cinco pajarillos por dos monedas? Sin embargo, ni de uno solo de ellos se olvida Dios; y por lo que a ustedes toca, todos los cabellos de su cabeza están contados. No teman, pues, porque ustedes valen mucho más que todos los pajarillos"
El pasaje del evangelio de hoy forma parte de un plan más amplio de los fariseos y escribas, para condenar a Jesús y llevarlo a la muerte. Jesús, por su parte, aprovecha la ocasión para dar una enseñanza y condena la peligrosa seducción de la hipocresía de los fariseos, que buscaban procesarlo y condenarlo en virtud de una religiosidad interesada y explotadora.
Está claro en este evangelio que el ministerio de amor y misericordia de Jesús desafiaba la religiosidad egoísta, autorreferencial y explotadora, carente de una recta comprensión de la Escritura y del poder de Dios, que fomentaban los escribas y fariseos. Tal religiosidad dejaba al pueblo de Dios prisionero de reglas humanas y a merced de ellas. Jesús se levanta para liberar al pueblo de Dios de la atadura de regulaciones deshumanizadoras.
Jesús, “la más clara revelación de la misericordia de Dios para los pobres”, anuncia la verdad de la misericordia y el amor de Dios, que libera a todos los que creen en ella.
Jesús condena la hipocresía de los escribas y fariseos, que sitúa las reglas humanas (sin importar que éstas se acumulen desproporcionadamente) por encima de los mandamientos de Dios. Enseña que los mandamientos se resumen en el “amor a Dios y al prójimo”. Jesús muestra así que la verdad y la misericordia no son aliados de ocasión. Por misericordia, Jesús anunció la verdad de Dios a los líderes religiosos de su tiempo, incluso con riesgo para su propia vida. Y, al decir la verdad, mostró con su propia vida que la verdad no es una idea, y la misericordia no es una ilusión. La verdad y la misericordia es una persona, Dios encarnado, Jesucristo. Esta es la audacia de la predicación que Jesús nos llama a imit
Jesús condena la perniciosa seducción de la hipocresía, promovida por los líderes religiosos de su generación. ¿Nuestra generación puede considerarse exenta de semejante condenación? La persona que más dificultad tiene para despertarse del sueño es la que simula estar durmiendo. Esa es la tragedia de nuestra generación. Como predicadores de gracia, tenemos la obligación religiosa y el imperativo moral de despertar al mundo, mientras mantenemos a la Iglesia alerta frente al peligro de caer en la hipocresía de un culto de labios hacia afuera.
Dios y Padre nuestro, te agradecemos por el don de nuestra vocación a ser anunciadores de tu gracia; inflama nuestros corazones con el gozo de tu amor y tu verdad.
lunes, 10 de octubre de 2016
Lc 11, 37-41
Cuando terminó de hablar, un fariseo le rogó que fuera a comer con él; entró, pues, y se puso a la mesa. El fariseo se quedó admirado viendo que había omitido las abluciones antes de comer. Pero el Señor le dijo: «Vosotros, los fariseos, purificáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro estáis llenos de rapiña y maldad. ¡Insensatos! El que hizo el exterior, ¿no hizo también el interior? Dad más bien en limosna lo que tenéis y entonces todo será puro para vosotros.
Los fariseos eran laicos muy respetados que se dedicaban a cumplir la ley de Dios con la misma meticulosidad exigida a los sacerdotes del templo. Nadie se tomaba más seriamente el estudio y la observancia religiosa. Cuando ellos derribaron las águilas doradas que Herodes había colocado en la entrada del Templo de Jerusalén, Herodes, que temía su creencia en un Mesías inminente, fue despiadado en su respuesta.
Jesús estaba en pleno ministerio en el momento de la invitación mencionada aquí. Para entonces, Jesús ya había predicho su Pasión en dos ocasiones. No era la primera invitación que recibía para ir a casa de un fariseo o para enfrentarse a ellos y responder sus preguntas. En una ocasión anterior lo habían desafiado cuestionándolo respecto a la recogida de granos de un campo en sábado. Todos los pobres tenían permitido espigar, recoger las uvas caídas, comer del borde de los campos plantados reservados por la ley judía. Lo que no tenían permitido jamás, sin importar lo hambrientos que estuviesen, era hacer estas cosas en sábado.
Jesús reconoció dónde residía su ceguera. Los fariseos pagaban el diezmo al templo, lavaban sus copas, pagaban los impuestos gubernamentales. Habían cumplido su deber sin preocuparse por las consecuencias de la sequía, el hambre y las enfermedades que asolaron el Oriente Medio durante estos tiempos. El estado de la población general sugería que ellos estaban notablemente ciegos ante las palabras de Dt 15, 7-11.
En esa ocasión, él hará una distinción sobre la verdadera justicia. Lo vemos dar vida al Sal 119, 139 "me consume el celo porque mis enemigos olvidan tus palabras". Él sabía la indignación que despertaría yendo directamente a la mesa sin lavarse como estaba prescrito. Según el parecer de su anfitrión, este Predicador itinerante había ido demasiado lejos. Pero, ¿por qué no se indignaban a la vista de las multitudes hambrientas y enfermas que los rodeaban? Jesús necesitaba que ellos tuvieran un entendimiento más refinado.
Él estaba intentando impulsarles a reconocer su luz y a cooperar con ella. Reconocer la luz de Cristo y utilizarla para conseguir la justicia ante Dios conduce infaliblemente a la eterna verdad del Amor. Toda regla que brota de ese amor (Dt 15, 7-11 en este caso), es dinámicamente susceptible a expandirse a medida que la luz de nuestro Dios trino continúa alimentándola.

Hoy Jesús nos recuerda que debemos buscar primero el Reino de Dios y su justicia y debemos amar como a nosotros mismos a todos aquellos que conocemos o deberíamos conocer.
Hoy nos preguntamos: ¿A quién no estoy viendo? Reconociendo mi propia necesidad de la Misericordia de Dios, ¿cómo debo conducirme de manera que mis esfuerzos por refrenar el mal, por mitigar el sufrimiento, sean completamente magnificados por el Amor de Dios?
Señor, que tu luz fortalezca nuestro compromiso para proclamar tu verdad. Que tu luz brille a través nuestro y caliente, refresque a los quebrantados, marginados, atemorizados y necesitados. Danos, a los que te suplicamos, la gracia de comprender el espíritu de tu ley, de vivirlo en nuestro tiempo. Pedimos todo esto por medio de Cristo, nuestro Señor, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, un sólo Dios por siempre. Amén.
domingo, 9 de octubre de 2016
Lucas 11, 29-32 Despertemos…….
En aquel tiempo, la gente se apiñaba alrededor de Jesús, y él se puso a decirles: -«Esta generación es una generación perversa. Pide un signo, pero no se le dará más signo que el signo de Jonás. Como Jonás fue un signo para los habitantes de Nínive, lo mismo será el Hijo del hombre para esta generación. Cuando sean juzgados los hombres de esta generación, la reina del Sur se levantará y hará que los condenen; porque ella vino desde los confines de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón, y aquí hay uno que es más que Salomón. Cuando sea juzgada esta generación, los hombres de Nínive se alzarán y harán que los condenen; porque ellos se convirtieron con la predicación de Jonás, y aquí hay uno que es más que Jonás.»
En los cuatro evanglios encontramos referencias a personas que piden o buscan un signo. Jesús tuvo dificultades con los líderes religiosos de su tiempo. Estos no fueron capaces de de creer y reconocer quién era él, a pesar de los muchos signos y prodigios. No podían ver lo que tenían delante. Necesitaban despertar y ver lo que estaba en frente de sus ojos.
Jesús les recuerda dos personajes que la gente conocía por la historia, Jonás y la Reina del Sur. Jonás fue un profeta que se resistía a serlo, que trató de escapar de la comisión dada por Dios. Fue arrojado al mar en medio de una tormenta, tragado por un pez gigante y escupido por ese mismo pez, tras rogar a Dios, para ser puesto de nuevo en camino para profetizar al pueblo de Nínive el arrepentimiento y el cambio de conducta. Nínive era la capital de Asiria, sobre el río Tigris, en lo que es hoy Irak. Los ninivitas eran los enemigos tradicionaloes de Israel, por eso Jonás recibió de mala gana la tarea dificil de predicarles la palabra de Dios.
Jonás se levanta, se pone en camino y ve con sorpresa que los ninivitas responden al mensaje que lleva de parte de Dios. Los ninivitas se despiertan para cambiar de conducta y evitar la ira de Dios, desde la realeza hasta los subditos más sencillos se humillan con trajes de saco y cenizas. Dios se apaciga y muestra misericorda y perdon hacia ese pueblo.
La Reina del Sur se refiere a la Reina de Saba que en el Ier libro de los Reyes (Cap. 10) visita al rey Salomón. La Reina fue una gobernante árabe, jefe de estado, que viajó una gran distancia rodeada de un cierto número de personas para satisfacer su curiosidad sobre lo había oído sobre Salomón y para informarse mejor. Se despierta, se pone en camino y reconoce la sabiduria de Salomón, aunque fuera de una tierra extranjera y no de su nación.
Me parece que la multitud reunida en torno a Jesús, que crecía continuamente, necesitaba despertar y abrir sus ojos. Jesús acababa de expulsar a un demonio que era mudo. Los escribas y fariseos se rehusaban a aceptar los exorcismos de Jesús como auténticos y pedían un signo. Un signo – ¿es cierto? Habían visto sanaciones, enseñanzas y exorcismos, pero ellos se niegan y resisten a ver lo que está frente a sus ojos, lo que está frente a ellos en su propio tiempo, en su generación.
La respuesta de Jesus es que no se dará otro signo y hace la alusión a Jonás y a la Reina del Sur, quienes vivieron en paises extranjeros. Jonás, un profeta de un lugar lejano, trae muestra a los gentiles la necesidad del arrepentimiento y la Reina de Saba, una gentil, atravieza el desierto y reconoce la sabiduria de Salomón. El mantra de Jesús es algo más grande está aquí. La multitud con Jesús en medio será juzgada por su incapacidad de despertarse y ver quien está en medio.
¿Qué decir de nuestra generación? Nosotros tampoco somos capaces de despertarnos para ver los signos de los tiempos, las necesidades de nuestro mundo y el llamado de la Iglesia. No somos capaces de responder a las exigencias del Evangelio, a la experiencia de Dios en medio de nosotros, de nuestros hermanos, hermans y de toda la creación. Despertemos, entonces, abramos nuestros ojos, nuestros corazones y mentes para ver a Jesús en todos los que están en nuestro mundo y respondamos con caridad porque ¡aquí hay alguien más grande que Jonás y que Salomón!
Bendito sea el nombre santo de Dios ahora y por siempre
Desde la salida del sol hasta su ocaso alabado sea el nombre del Señor (Sal 113)
martes, 20 de septiembre de 2016
Lc 8 19-21 Mi madre y mis hermanos son aquellos que escuchan la palabra de Dios y la cumplen
En aquel tiempo, vinieron a ver a Jesús su madre y sus hermanos, pero con el gentío no lograban llegar hasta él. Entonces lo avisaron: "Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte." Él les contestó: "Mi madre y mis hermanos son éstos: los que escuchan la palabra de Dios y la ponen por obra."
Jesús habla en este Evangelio de la relación al interior de la familia espiritual, de la familia de Dios, que incluye entre sus miembros a toda la gente de buena voluntad que lee la palabra de Dios y la pone en práctica.
Su madre y sus hermanos vinieron a verle porque lo amaban y estaban muy orgullosos de él. Jesús, aunque agradeció dicha actitud hacia él, sacó provecho de este acontecimiento para enseñar a sus discípulos y a la multitud, que el verdadero parentesco no es cuestión de carne y sangre.
Por el Bautismo, nos hacemos hijos e hijas de Dios y así se nos exige un nuevo orden de lealtad a Dios y a su reino: “mi madre y mis hermanos son aquellos que escuchan la palabra de Dios y la cumplen”
Bendito sea el que escucha la palabra de Dios y la pone en práctica, pase lo que pase!
Padre Celestial, bendícenos a nosotros, a nuestra familia y amigos, tanto naturales como espirituales. Ayúdanos a amarles con Caridad y gracia. Que yo prefiera seguir tu voluntad y tratar de hacer lo que es recto y bueno en mis relaciones con Dios y con la humanidad. Amén
lunes, 19 de septiembre de 2016
Lc 8, 16-19 Para que los que entren puedan ver la luz
En aquel tiempo, Jesús dijo a la multitud: "Nadie enciende una vela y la tapa con alguna vasija o la esconde debajo de la cama, sino que la pone en un candelero, para que los que entren puedan ver la luz. Porque nada hay oculto que no llegue a descubrirse, nada secreto que no llegue a saberse o a hacerse público. Fíjense, pues, si están entendiendo bien, porque al que tiene se le dará más; pero al que no tiene se le quitará aun aquello que cree tener"
El Evangelio habla nos de la luz. Los dos elementos son indispensables en la vida cotidiana. Como cristianos, se nos invita a cada uno a convertirnos en la luz que ilumina al mundo. Esta luz no son otra cosa que las enseñanzas y el ejemplo de Jesucristo.
Nos parece que muchos cristianos experimentaron profundamente estas palabras de Jesús: "Nadie enciende una vela y la tapa con alguna vasija o la esconde debajo de la cama, sino que la pone en un candelero, para que los que entren puedan ver la luz.” En efecto, él se encontró en estas palabras a la vez, un llamado y una ordenación. los cristianos respondemos a la invitación del Evangelio no sólo por la oración, sino también con sus obras, dirigiéndose a los nocreyentes para predicarles y conducirlos a la verdad de Cristo. Además, también ha encontrado en la vocación del anuncio del Evangelio la motivación que lo llevó a tomar la decisión de fundar la Orden de Predicadores. Es por ello que entendemos que el lema "Domingo - La antorcha encendida" simboliza a la vez su ardor por el Evangelio y el compromiso por la salvación de las almas gracias a la luz de la palabra de Cristo.
Esta es la razón por la que podemos decir que la vida del cristiano se puede resumir en estas palabras: la predicación del Evangelio en vista a la salvación de los demás. En otras palabras, es "hablar de Dios y con Dios". Sí, estos son los dos ejes, según parece, que nos permiten esbozar su retrato: Hablando de Dios a los demás, es para él evangelizar, y el hablar con Dios, es la oración. Estos dos ejes, actio y comtemplatio se combinaron armoniosamente en su vida hasta el punto que se han convertido para muchos cristianos en una condición necesaria: contemplar y compartir con los demás lo que se ha contemplado.
“¡Vayan! De todas las naciones hagan discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que les he mandado. Y yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo.
Señor Jesús, nos sentimos honrados de estar asociados al ministerio de proclamar tu Buena Nueva al mundo. Nosotros hemos comenzado y no cesamos de ejercer constantemente este ministerio que nos has confiado. Ayúdanos a ser fieles a su cumplimiento conforme a tu voluntad. Aumenta en nosotros el fervor y el amor de discípulos que no tienen otra preocupación que la de la evangelización. Renueva nuestras vidas en perfecta armonía con tu voluntad, a fin de que tu Palabra que proclamamos, y nuestras vidas, no sean dos sino una sola, dando testimonio de tu presencia en este mundo de hoy. Amén.
jueves, 15 de septiembre de 2016
Lc 8, 1-3 Rompiendo Estereotipos
En aquel tiempo, Jesús comenzó a recorrer ciudades y poblados predicando la buena nueva del Reino de Dios. Lo acompañaban los Doce y algunas mujeres que habían sido libradas de espíritus malignos y curadas de varias enfermedades. Entre ellas iban María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, mujer de Cusa, el administrador de Herodes; Susana y otras muchas, que los ayudaban con sus propios bienes.
En el Antiguo Testamento encontramos muchos relatos que discriminan la mujer. En el tiempo de Esdras, hubo un crecimiento de la marginalización a las mujeres por parte de las autoridades religiosas (Es 9,1 - 10,44), pero también muchas mujeres se resistían contra su exclusión como aparece en las historias de Judit, Ester, Ruth, Noemí, Susana, la Salamita y de tantas otras.
En la época en que fue escrito el Nuevo Testamento, la mujer en Palestina estaba en una situación de inferioridad. De muchas maneras las mujeres eran ciudadanas de segunda clase, no participaba en la Sinagoga, eran consideradas propiedad del hombre como un objeto y no podía ser testigo en la vida pública. Como sabemos, la mujer siempre ha sido objeto de discriminación en muchas sociedades, en el tiempo de Jesús y aún hoy.
El Evangelio de Lucas siempre fue considerado el Evangelio de las mujeres, en él encontramos muchos relatos que nos presentan la relación de Jesús con ese grupo marginado en su tiempo - las mujeres.
Aunque las mujeres sean subordinadas en esa sociedad, hacen un papel muy importante en este Evangelio, desde el principio, y continuarán cumpliendo un papel importante en la secuencia de Lucas, en su segundo Libro (Hechos).
La conducta de Jesús para con ellas quiere provocar un cambio de mirada y actitudes. Jesús es un hombre libre y es Dios que viene a liberar a todos los excluidos, marginados, por eso las toca y se deja tocar por ellas, sin miedo de ser contaminado”, juzgado (Lc 7,38-39). Con sus actitudes Jesús rompe los esquemas machistas y excluyentes – acepta a las mujeres como sus seguidoras y discípulas (Lc 8,3). La fuerza liberadora de Dios, que obra en Jesús, hace que las mujeres se levanten y asuman su dignidad, sin miedo de los comentarios de aquellos que no han entendido la propuesta de Jesús: la fraternidad universal, donde todos son iguales en dignidad y en derechos.
El texto de hoy (Lc 7,36- 50) nos habla de la mujer que llega a la casa de Simón, el fariseo y fue acogida por Jesús, su actitud para con esa mujer fue sorprendente. En el episodio de la mujer del perfume emergen el inconformismo y la resistencia de las mujeres, en el día a día, de la vida y de la acogida que Jesús les daba.
En los Evangelios, encontramos varias listas con los nombres de los 12 discípulos que seguían Jesús. Al final del texto del Evangelio de hoy (Lc 8,1-3) encontramos los nombres de tres mujeres que también seguían a Jesús. En todo su conjunto, en los cuatro Evangelios encontramos siete nombres de estas mujeres (María, la Madre de Jesús, María Magdalena, Juana, Susana, Salomé, María, madre de Santiago) que, como los hombres, han dejado todo para seguir al Maestro.
Era común que las mujeres mantuvieran y ayudaran a predicadores itinerantes, pero que dejaran sus casas para acompañarlos era considerado un escándalo en esa cultura. No obstante, es lo que hicieron estas mujeres que Lucas aquí conecta con los doce discípulos. Ellas, arriesgaron todo por seguir Jesús, pues reconocen en Él al Maestro y al Hijo de Dios que vino a instaurar, en nuestro mundo, nuevas relaciones basadas en la dignidad y en la fraternidad, donde todos hombres y mujeres, somos llamadas/ dos al discipulado e invitados a construir el Reino y Predicar su Palabra, proclamando la misericordia y la compasión de Dios para con la humanidad.
Todo acontece en la casa de Simón, el fariseo, judío practicante que había invitado a Jesús a comer. Son tres personas que se encuentran Jesús, Simón, y la mujer de la que decían que era pecadora.
Las actitudes son diferentes: la mujer demuestra su amor, su gratitud; Jesús acoge, perdona y valora sus gestos, Simón observando todo, critica a Jesús y condena a la mujer: "Si éste fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que le está tocando, pues es una pecadora.” (39)
Los gestos de la mujer, provoca una reflexión, ella rompe los estereotipos que se le imponen, no está preocupada por lo que van a hablar de ella. Soltar los cabellos en público era un gesto de independencia. Jesús no se retrae, ni aleja a la mujer, sino que acoge su gesto.
A partir de esos gestos y del juicio del fariseo Jesús cuenta una parábola para que Simón descubra la intensidad de su amor. Lucas (7,41-43). La parábola supone que los dos, tanto el fariseo como la mujer, habían recibido algún favor de Jesús. En la actitud que los dos toman ante Jesús, muestran cómo apreciaban el favor recibido. El fariseo muestra su amor, su gratitud, invitando a Jesús a que coma con él. La mujer muestra su amor incondicional, su gratitud, mediante las lágrimas, los besos y el perfume; ese encuentro les devolvió su dignidad, tienen los mismos gestos de Jesús en la última cena (se arrodilla, lava los pies…), demostrando su amor incondicional por la humanidad.
El fariseo pensaba que no tenía pecado, pues observaba en toda la ley, pero tenía poco amor.
En cambio, la mujer fue perdonada: "Tu fe te ha salvado. ¡Vete en paz!". A partir de la Fe, de su confianza en Jesús, ella pudo encontrarse con sí misma, con los otros y con Dios.
La actitud de Jesús es la misma para con todos, su amor no excluye a nadie, perdona a hombres y mujeres, a los autosuficientes y a aquellos /as que se arrodillan reconociendo su fragilidad. Que el Señor nos ayude a escuchar su Palabra y empaparnos de su sabiduría, para no juzgar a nadie acogiendo su perdón y ofreciendo a todos sin medida, pues a quien mucho ama, mucho se le perdona.
Señor Jesús, tu que diste la bienvenida tan cálida a los pequeños y humillados, a las mujeres y a los que no cuentan en este mundo, ayúdanos a tener las mismas actitudes que tuviste, acogiendo y reconociendo la dignidad de todos aquellos y aquellas que aún hoy siguen siendo marginados y excluidos. Eso es lo que te pedimos a ti que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo. Amén
miércoles, 14 de septiembre de 2016
Jn 19,25-27 El discípulo la recibió junto a los suyos
«Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, y la hermana de su madre, María, esposa de Cleofás, y María Magdalena. Cuando Jesús vio a su madre, y junto a ella al discípulo a quien él quería mucho, dijo a su madre: Mujer, ahí tienes a tu hijo. Luego le dijo al discípulo: Ahí tienes a tu madre. Desde entonces, ese discípulo la recibió junto a los suyos»
A diferencia de Mateo, Marcos y Lucas, el Evangelio de Juan es el único
que afirma la presencia de la madre de Jesús entre los testigos de la
pasión. También es el único que muestra a un discípulo de Jesús en ese
momento terrible. Y ninguno de los dos es llamado por su nombre
personal, sino por la relación que guardan con Jesús: la Madre y el
Discípulo amado.
La secuencia madre – mujer - aquella hora es semejante a la que aparece en el episodio de las bodas de Caná: «Se acabó el vino, y la madre de Jesús le dijo: —Ya no tienen vino. Jesús le contestó: —Mujer, ¿por qué me dices esto? Mi hora no ha llegado todavía (Jn 2,3-4). En esa ocasión la madre de Jesús es la primera que muestra lo que significa realmente tener fe: Hacer todo lo que Jesús diga (Jn 2,5). Ella confía incondicionalmente en la eficacia de la palabra de Jesús y así hace que, mediante el signo, él manifieste su gloria, y sus discípulos lleguen a creer (Jn 2,11).
La secuencia madre – mujer - aquella hora es semejante a la que aparece en el episodio de las bodas de Caná: «Se acabó el vino, y la madre de Jesús le dijo: —Ya no tienen vino. Jesús le contestó: —Mujer, ¿por qué me dices esto? Mi hora no ha llegado todavía (Jn 2,3-4). En esa ocasión la madre de Jesús es la primera que muestra lo que significa realmente tener fe: Hacer todo lo que Jesús diga (Jn 2,5). Ella confía incondicionalmente en la eficacia de la palabra de Jesús y así hace que, mediante el signo, él manifieste su gloria, y sus discípulos lleguen a creer (Jn 2,11).
Con la pasión llega finalmente la hora de Jesús (Jn 13,1). «Y desde
aquella hora el discípulo la recibió junto a los suyos» (Jn 19,27).
Nuevamente nos encontramos con una referencia que nos lleva al comienzo
del Evangelio. En el prólogo se decía que la Palabra «vino junto a
los suyos, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la
recibieron, les dio el poder de llegar a ser hijos» (Jn 1,11-12).
La situación ha sido invertida. A causa de la cruz y desde el momento de
la cruz, ha sido creada una nueva familia de Jesús. La madre de Jesús,
modelo de fe, y el discípulo a quien Jesús amaba y mantuvo cerca de sí,
se hacen uno al recibir el discípulo a la madre, aceptando como ella
incondicionalmente la palabra de Jesús. El discípulo llega a ser hijo.
La promesa anunciada finales del ministerio público de Jesús de «atraer a todos» (cf. Jn 12,32) comienza a ser realidad. Empiezan a reunirse los hijos de Dios que estaban dispersos (cf. Jn 11,52).
La promesa anunciada finales del ministerio público de Jesús de «atraer a todos» (cf. Jn 12,32) comienza a ser realidad. Empiezan a reunirse los hijos de Dios que estaban dispersos (cf. Jn 11,52).
Señor Jesús, que clavado en la cruz concediste a tu discípulo amado
recibir a tu madre entre los suyos, haz que nosotros también nos
entreguemos fielmente a tu servicio con el testimonio de palabra y de
vida, para que lleguemos a ser plenamente hijos de Dios. Amén.
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