miércoles, 14 de septiembre de 2016

Jn 19,25-27 El discípulo la recibió junto a los suyos







«Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, y la hermana de su madre, María, esposa de Cleofás, y María Magdalena.  Cuando Jesús vio a su madre, y junto a ella al discípulo a quien él quería mucho, dijo a su madre: Mujer, ahí tienes a tu hijo. Luego le dijo al discípulo: Ahí tienes a tu madre. Desde entonces, ese discípulo la recibió junto a los suyos»


  

A diferencia de Mateo, Marcos y Lucas, el Evangelio de Juan es el único que afirma la presencia de la madre de Jesús entre los testigos de la pasión. También es el único que muestra a un discípulo de Jesús en ese momento terrible. Y ninguno de los dos es llamado por su nombre personal, sino por la relación que guardan con Jesús: la Madre y el Discípulo amado.

La secuencia madre – mujer - aquella hora es semejante a la que aparece en el episodio de las bodas de Caná: «Se acabó el vino, y la madre de Jesús le dijo: —Ya no tienen vino.  Jesús le contestó: —Mujer, ¿por qué me dices esto? Mi hora no ha llegado todavía (Jn 2,3-4). En esa ocasión la madre de Jesús es la primera que muestra lo que significa realmente tener fe: Hacer todo lo que Jesús diga (Jn 2,5). Ella confía incondicionalmente en la eficacia de la palabra de Jesús y así hace que, mediante el signo, él manifieste su gloria, y sus discípulos lleguen a creer (Jn 2,11).





Con la pasión llega finalmente la hora de Jesús (Jn 13,1). «Y desde aquella hora el discípulo la recibió junto a los suyos» (Jn 19,27). Nuevamente nos encontramos con una referencia que nos lleva al comienzo del Evangelio. En el prólogo se decía que la Palabra «vino junto a los suyos, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron, les dio el poder de llegar a ser hijos» (Jn 1,11-12). La situación ha sido invertida. A causa de la cruz y desde el momento de la cruz, ha sido creada una nueva familia de Jesús. La madre de Jesús, modelo de fe, y el discípulo a quien Jesús amaba y mantuvo cerca de sí, se hacen uno al recibir el discípulo a la madre, aceptando como ella incondicionalmente la palabra de Jesús. El discípulo llega a ser hijo.

La promesa anunciada finales del ministerio público de Jesús de «atraer a todos» (cf. Jn 12,32) comienza a ser realidad. Empiezan a reunirse los hijos de Dios que estaban dispersos (cf. Jn 11,52).




Señor Jesús, que clavado en la cruz concediste a tu discípulo amado recibir a tu madre entre los suyos, haz que nosotros también nos entreguemos fielmente a tu servicio con el testimonio de palabra y de vida, para que lleguemos a ser plenamente hijos de Dios. Amén.  




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