miércoles, 13 de abril de 2016

Hechos de los apóstoles 8, 26-40






En aquellos días, el ángel del Señor le dijo a Felipe: - «Ponte en camino hacia el Sur, por la carretera de Jerusalén a Gaza, que cruza el desierto.» Se puso en camino y, de pronto, vio venir a un etíope; era un eunuco, ministro de Candaces, reina de Etiopía e intendente del tesoro, que había ido en peregrinación a Jerusalén. Iba de vuelta, sentado en su carroza, leyendo el profeta Isaías. El Espíritu dijo a Felipe: - «Acércate y pégate a la carroza.» Felipe se acercó corriendo, le oyó leer el profeta Isaías, y le preguntó: - «¿Entiendes lo que estás leyendo?» Contestó: - «-Y cómo voy a entenderlo, si nadie me guía?» Invitó a Felipe a subir y a sentarse con él. El pasaje de la Escritura que estaba leyendo era éste-' «Como cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca. Sin defensa, sin justicia se lo llevaron, ¿quién meditó en su destino? Lo arrancaron de los vivos.» El eunuco le preguntó a Felipe: - «Por favor, ¿de quién dice esto el profeta?; ¿de él mismo o de otro?» Felipe se puso a hablarle y, tomando pie de este pasaje, le anunció el Evangelio de Jesús. En el viaje llegaron a un sitio donde había agua, y dijo el eunuco: - «Mira, agua. ¿Qué dificultad hay en que me bautice?» Mandó parar la carroza, bajaron los dos al agua, y Felipe lo bautizó. Cuando salieron del agua, el Espíritu del Señor arrebató a Felipe. El eunuco no volvió a verlo, y siguió su viaje lleno de alegría. Felipe fue a parar a Azoto y fue evangelizando los poblados hasta que llegó a Cesarea. 







  • “Creo que Jesús es el Hijo de Dios”

La lectura de los Hechos de los Apóstoles nos narra en estos versículos la actividad misionera del diácono Felipe que, fiel a la moción del Espíritu, se dirige hacia donde éste lo envía y en todo momento actúa según le indica el Espíritu. Es lo que, en primer lugar, llama la atención: la docilidad de este discípulo de Cristo, que nos enseña que el protagonista en la evangelización es el Espíritu Santo. Es el Espíritu el que impulsa a Felipe a acercarse a la carroza del etíope. Éste era un eunuco, ministro de la reina de Etiopía; descubrimos en este hecho, que el Evangelio es buena noticia para todos los hombres, es un mensaje universal, porque Dios quiere que su amor infinito sea conocido y creído por todos, desea que todos los hombres se salven.








Felipe, tomando pie del pasaje del Siervo sufriente de Isaías, que el eunuco iba leyendo, le anuncia a Cristo.
Es impresionante la profesión de fe del etíope: “Creo que Jesús es el Hijo de Dios”, y su petición del Bautismo. Vemos cómo este hombre pagano ha respondido a la gracia del Señor que, como dice el Papa Francisco, lo primerea.
El eunuco, después de recibir el Bautismo, sigue su camino lleno de alegría. Es el gozo de conocer a Jesús y haber sido llamado a su amistad.
Por su parte Felipe, siempre dócil al Espíritu, continúa comunicando la Buena Noticia de Jesús en otros pueblos.


Aclamad al Señor, tierra entera

Bendecid, pueblos, a nuestro Dios,
haced resonar sus alabanzas,
porque él nos ha devuelto la vida
y no dejó que tropezaran nuestros pies.

Fieles de Dios, venid a escuchar,
os contaré lo que ha hecho conmigo:
a él gritó mi boca
y lo ensalzó mi lengua.

Bendito sea Dios,
que no rechazó mi súplica
ni me retiró su favor. 
 
 
 

martes, 12 de abril de 2016

Juan 6, 35-40

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: - «Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed; pero, como os he dicho, me habéis visto y no creéis. Todo lo que me da el Padre vendrá a mí, y al que venga a mí no lo echaré afuera, porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado. Ésta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda nada de lo que me dio, sino que lo resucite en el último día. Esta es la voluntad de mi Padre:'que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.» 








  • El pan del milagro y el de la promesa

De entrada, un recuerdo y un respeto para los que hoy pudieran leer esta reflexión y no tengan ni un trozo de pan para llevarse a la boca. Como aquellos israelitas que seguían a Jesús, también en nuestros días hay muchas personas que pasan necesidad. Sabiéndolo y por sensibilidad solidaria y fraterna, quiero empezar añorando no poder parecerme más a Jesús al compadecerse de aquellas gentes. Mi cercanía y comprensión para ellos.
Jesús hoy proclama el discurso del pan de vida. Tiene lugar a continuación de la multiplicación de los panes y los peces. Con aquel milagro, Jesucristo consigue un éxito entre la muchedumbre muy notable. Este es el marco de referencia de la reflexión de este día.
Tan notable fue el éxito que quisieron hacerle rey. Y Jesús, a quien no le gustaba la idea en absoluto, se escabulló y huyó solo a la montaña. Se sentía contrariado. “Me buscáis –dice Jesús- no porque habéis visto los milagros, sino porque comisteis hasta saciaros”. Las gentes se han saciado de un alimento perecedero y da la impresión de que ya no quieren saber de otros alimentos, de otras necesidades. Jesús piensa en el hambre de la belleza, de la bondad, de la verdad, de la justicia, de la libertad; de la necesidad que todos tienen de querer y ser queridos, de valorar y ser valorados. Ellos buscaban sólo pan y Jesús les dio pan. Pero, a continuación, les habló de otro pan, de otro alimento, y ya no se sintieron atraídos lo más mínimo por la oferta.
Pero, Jesús les habla con claridad meridiana: “Yo soy el pan de vida”, el alimento que merece la pena, la auténtica fuerza que hace posible caminar sin equivocarse, que posibilita la libertad, y, lo que es más, la inmortalidad: “el que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no pasará nunca sed”.











  • ¿Qué obras tenemos que hacer?

Estas afirmaciones escandalizaron entonces y algunos dejaron de seguirle; afirmaciones similares han seguido escandalizando y bastantes siguen caminos distintos a los marcados por Jesús. Pero, los que le siguieron le hicieron una pregunta que hemos seguido haciéndosela sin interrupción: ¿Qué hacer para creer? ¿Qué trabajos, qué obras necesitamos para creer y no pasar más hambre ni sed?
Y Jesús vuelve a la carga: La obra que Dios quiere es que creáis en el Hijo; que os fieis de él; que le hagáis caso. Porque la fe es don y es compromiso. Es don de Dios y es compromiso de la persona creyente. Este compromiso nos llevará a trabajar por el alimento que no perece, sin descuidar el perecedero que, a su vez, es también necesario. En la vida del creyente se impone la armonía: saber usar y valorar los bienes de aquí abajo, pero cuidando y sobrevalorando los bienes eternos. Aquéllos nos llevarán a estos. Todo en su sitio, nosotros en el nuestro y Jesús en el suyo.
¿Cómo armonizo el alimento del cuerpo y las necesidades del alma? ¿Cómo ando de coherencia a la hora de trabajar por el alimento que perdura?



Aclamad al Señor, tierra entera

Aclamad al Señor, tierra entera;
tocad en honor de su nombre,
cantad himnos a su gloria.
Decid a Dios: «¡Qué terribles son tus obras!»

Que se postre ante ti la tierra entera,
que toquen en tu honor,
que toquen para tu nombre.
Venid a ver las obras de Dios,
sus temibles proezas en favor de los hombres.

Transformó el mar en tierra firme,
a pie atravesaron el río.
Alegrémonos con Dios,
que con su poder gobierna enteramente. 
 
 
 

lunes, 11 de abril de 2016

Hechos de los apóstoles 7, 51-59






En aquellos días, Esteban decía al pueblo, a los ancianos y a los escribas; -«¡Duros de cerviz, incircuncisos de corazón y de oídos! Siempre resistís al Espíritu Santo, lo mismo que vuestros padres. ¿Hubo un profeta que vuestros padres no persiguieran? Ellos mataron a los que anunciaban la venida del justo, y ahora vosotros lo habéis traicionado y asesinado; recibisteis la Ley por mediación de ángeles, y no la habéis observado.» Oyendo estas palabras, se recomían por dentro y rechinaban los dientes de rabia. Esteban, lleno de Espíritu Santo, fijó la mirada en el cielo, vio la gloria de Dios, y a jesús de pie a la derecha de Dios, y dijo: -«Veo el cielo abierto y al Hijo del hombre de pie a la derecha de Dios.» Dando un grito estentóreo, se taparon los oídos; y, como un solo hombre, se abalanzaron sobre él, lo empujaron fuera de la ciudad y se pusieron a apedrearlo. Los testigos, dejando sus capas a los pies de un joven llamado Saulo, se pusieron también a apedrear a Esteban, que repetía esta invocación: - «Señor Jesús, recibe mi espíritu.» Luego, cayendo de rodillas, lanzó un grito: - «Señor, no les tengas en cuenta este pecado.» Y, con estas palabras, expiró. Saulo aprobaba la ejecución. 



  • No habéis observado la Ley

El relato de los Hechos que hoy nos ofrece la liturgia presenta el final del discurso de Esteban, testigo de Jesús resucitado, y su muerte por lapidación a manos de los escribas, ancianos, el pueblo…
Esteban ha tenido la osadía de ofrecerles con claridad una explicación de lo que había sucedido que no concuerda con las convicciones inamovibles de quienes representan la Ley.
Y hay dos matices que hoy me tocan del texto. El primero es la enorme dificultad que supone aceptar la equivocación, el error, para quienes tienen (o tenemos) claro que ellos están en la verdad y aquello que hacen está bien. Quienes escuchan a Esteban rechinan los dientes de rabia ante sus acusaciones. El segundo es más trascendental porque impide la apertura a Dios, nos somete a nuestras imágenes de Él, hace de nuestras ideas sobre Dios la norma suprema. Esta vez los que escuchan a Esteban no pueden soportar que confiese que Jesús está “a la derecha de Dios”, que es Dios. Como un solo hombre se abalanzan contra él para matarle.





La identificación de Esteban con Jesús queda preciosamente plasmada en sus dos últimas frases, que -en perfecto paralelismo- son el eco de las de Jesús en la cruz.
Y para ir preparando el camino, el autor nos presenta a un joven Saulo que guardaba las capas de quienes apedreaban a Esteban, pero también él aprobaba su ejecución.
Sencillo, preciso y precioso relato. Ojalá nos ayude a preguntarnos por nuestras posiciones y actitudes en la vida, ante Dios y ante los otros. No nos suceda que lo “nuestro” no nos permita acceder en libertad a la Buena Noticia del Resucitado.


. A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu

Sé la roca de mi refugio,
un baluarte donde me salve,
tú que eres mi roca y mi baluarte;
por tu nombre dirígeme y guíame.

A tus manos encomiendo mi espíritu:
tú, el Dios leal, me librarás;
yo confío en el Señor.
Tu misericordia sea mi gozo y mi alegría. .

Haz brillar tu rostro sobre tu siervo,
sálvame por tu misericordia.
En el asilo de tu presencia los escondes
de las conjuras humanas. 
 
 

Hechos de los apóstoles 6, 8-15






En aquellos días, Esteban, lleno de gracia y poder, realizaba grandes prodigios y signos en medio del pueblo. Unos cuantos de la sinagoga llamada de los libertos, oriundos de Cirene, Alejandría, Cilicia y Asia, se pusieron a discutir con Esteban; pero no lograban hacer frente a la sabiduría y al espíritu con que hablaba. Indujeron a unos que asegurasen: - «Le hemos oído palabras blasfemas contra Moisés y con-tra Dios.» Alborotaron al pueblo, a los ancianos y a los escribas, agarraron a Esteban por sorpresa y lo condujeron al Sanedrin, presentando testigos falsos que decían: -«Este individuo no para de hablar contra el templo y la Ley. Le hemos oído decir que ese Jesús de Nazaret destruirá el templo y cambiará las tradiciones que recibimos de Moisés.» Todos los miembros del Sanedrin miraron a Esteban, y su rostro les pareció el de un ángel. 



  • «El Espíritu pondrá en vuestros labios las palabras oportunas»

Esteban se encuentra en este momento «solo ante el peligro». La élite -los sabios judíos, fieles practicantes de la Ley- observa aterrados y llenos de santa ira cómo los seguidores de Jesús, el nazareno que han crucificado por blasfemo, siguen extendiendo su mensaje por el pueblo y consiguen numerosos seguidores, incluso entre los sacerdotes del Templo.
Hoy asistimos en la sinagoga de los libertos a una asamblea compuesta -si el nombre obedece a la realidad- por gentes venidas de fuera, presumiblemente siervos y esclavos liberados, que con el empuje y la pasión del novato, sintiendo temblar los cimientos del Templo, ponen en práctica las artimañas que ya usaron con Jesús, para quitarse de en medio a este predicador molesto que viene a inquietar la paz de «los perfectos».








Buscan y seguramente pagan a quien testifique en contra de Esteban y planean justificar una condena a muerte que estaba decidida de antemano. Poco importa la brillante defensa que Esteban hace del mensaje de Jesús y de su propia vida. ¡No hay nada que hacer! Cuando los perfectos consideran en peligro su propio modo de entender y vivir su relación con Dios, atacan -¿podríamos decir atacamos?- al predicador atrevido que no va por nuestro camino.
El magnífico discurso de Esteban nos lleva a recordar aquellas palabras de Jesús: «no os preocupéis por qué vais a decir; el Espíritu pondrá en vuestra boca las palabras necesarias». Puede que estemos ya necesitando confiar en que nosotros podremos tener esa ayuda del Espíritu para poder hacer frente a los desafíos que parece que se nos avecinan.


Dichoso el que camina en la voluntad del Señor.

Aunque los nobles se sienten a murmurar de mí,
tu siervo medita tus leyes;
tus preceptos son mi delicia,
tus decretos son mis consejeros.

Te expliqué mi camino, y me escuchaste:
enséñame tus leyes;
instrúyeme en el camino de tus decretos,
y meditaré tus maravillas. .

Apártame del camino falso,
y dame la gracia de tu voluntad;
escogí el camino verdadero,
deseé tus mandamientos.
 
 

viernes, 8 de abril de 2016

Juan 6, 1-15






En aquel tiempo, Jesús se marchó a la otra parte del lago de Galilea (o de Tiberíades). Lo seguía mucha gente, porque habían visto los signos que hacía con los enfermos. Subió Jesús entonces a la montaña y se sentó allí con sus discípulos. Estaba cerca la Pascua, la fiesta de los judíos. Jesús entonces levantó los ojos, y al ver que acudía mucha gente, dice a Felipe: -«¿Con qué compraremos panes para que coman éstos?» Lo decía para tantearlo, pues bien sabía él lo que iba a hacer, Felipe le contestó: - «Doscientos denarios de pan no bastan para que a cada uno le toque un pedazo.» Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dice: - «Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y un par de peces; pero, ¿qué es eso para tantos?» Jesús dijo: - «Decid a la gente que se siente en el suelo.» Había mucha hierba en aquel sitio. Se sentaron; sólo los hombres eran unos cinco mil. Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados, y lo mismo todo lo que quisieron del pescado. Cuando se saciaron, dice a sus discípulos: -«Recoged los pedazos que han sobrado; que nada se desperdicie.» Los recogieron y llenaron doce canastas con los pedazos de los cinco panes de cebada, que sobraron a los que habían comido. La gente entonces, al ver el signo que había hecho, decía: - «Este sí que es el Profeta que tenía que venir al mundo.» Jesús, sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo rey, se retiró otra vez a la montaña él solo. 







  • “Iban a llevárselo para proclamarlo Rey”

Jesús siempre se deja guiar por sus entrañas de misericordia, que no le permiten abandonar a sus propias fuerzas y sin alimento que comer, a tantos que habían acudido a escuchar su palabra liberadora. Y realiza la multiplicación de cinco panes y dos peces para dar de comer a tantos seguidores. Incluso sobraron doce canastas.






 Pero no podemos olvidarnos del final de este evangelio. Los beneficiados de la multiplicación con la que saciaron su hambre material quieren proclamarlo rey. Aclaman a un rey milagrero que sacie sus necesidades materiales. Pero Jesús lo rechaza de plano. Jesús quiere reinar de otra manera. Quiere reinar en el corazón de cada persona y ofrecerles un alimento más necesario que el necesario alimento material. Quiere regalarles y multiplicar su amor, su perdón, su luz, su verdad, su cuerpo, su sangre… para que caminen por esta vida con sentido, con ilusión, con esperanza antes de llegar a la patria definitiva y gozar de la plenitud de la felicidad.



Una cosa pido al Señor: habitar en su casa.

El Señor es mi luz y mi salvación,
¿a quién temeré?
El Señor es la defensa de mi vida
¿quién me hará temblar?

Una cosa pido al Señor, eso buscaré:
habitar en la casa del Señor
por los días de mi vida;
gozar de la dulzura del Señor,
contemplando su templo.

Espero gozar de la dicha del Señor
en el país de la vida.
Espera en el Señor,
sé valiente, ten ánimo,
espera en el Señor.
 
 


jueves, 7 de abril de 2016

san Juan 3, 31-36






El que viene de lo alto está por encima de todos. El que es de la tierra es de la tierra y habla de la tierra. El que viene del cielo está por encima de todos. De lo que ha visto y ha oído da testimonio, y nadie acepta su testimonio. El que acepta su testimonio certifica la veracidad de Dios. El que Dios envió habla las palabras de Dios, porque no da el Espíritu con medida. El Padre ama al Hijo y todo lo ha puesto en su mano. El que cree en el Hijo posee la vida eterna; el que no crea al Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios pesa sobre él. 






  • El que cree en el Hijo posee la vida eterna

Estamos ya inmersos en el tiempo de Pascua y el Señor Jesús nos transmite las cosas que vive, dice y hace, es decir nos da a conocer su propia experiencia de vida: «viene del cielo», «da testimonio de lo que ha visto y oído», «habla las palabras de Dios», «el que cree en Él tiene vida eterna,» Cristo Jesús es transparencia total de su vivencia interior.
Como comentario a este texto evangélico, que nos pide una vivencia profunda de fe, no me resisto a transcribir un párrafo de la bella y vivencial meditación de D. Miguel de Unamuno sobre “Nicodemo el fariseo”:
«Fe! ¡Qué poco se medita con el corazón y no con la cabeza tan sólo, en lo que la fe sea e importe! No una mera adhesión del intelecto a un principio abstracto, a una fórmula sin contenido ya acaso; no la afirmación de principios metafísicos o teológicos; no, sino un acto de abandono y de entrega cordial de la voluntad, una serena confianza en que concurren a un fin mismo la naturaleza y el espíritu, en que naturalizando al espíritu lo sobre - espiritualizamos y espiritualizando a la naturaleza la sobrenaturalizamos, una confianza firme en que habita la verdad dentro de nosotros, en que somos vaso de verdad y en que la verdad es consuelo; una confianza firme en que al obrar con pureza y sencillez de intención, servimos a un designio supremo, sea el que fuere.»


A lo largo de los siglos, cuántos cristianos los han imitado dando testimonio incluso con su vida, de la fe que profesan en el Resucitado, y, si nosotros estuviéramos llenos de fe, haríamos como hicieron ellos y los Apóstoles: seríamos pregoneros valientes, en medio del mundo, de cuál es nuestra fe, y de quién es el Salvador que el mundo necesita, seríamos en verdad personas «pascuales», llenas de fe pascual, y nos dejaríamos guiar por el Espíritu de Dios, se nos notaría en todo momento, con las palabras y con las obras. Seríamos independientes en relación a las modas, a las corrientes ideológicas, a los intereses políticos, sociales y económicos.
Nadie puede ponernos trabas ante la Palabra de Dios, ante la evangelización, pues, como dice Pedro, y, nosotros decimos con él: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres.»
Dios no es un pretexto para la propia voluntad, sino que realmente Él es quien nos llama y nos invita, si fuera necesario, incluso al martirio. Por eso, ante esta palabra que inicia una nueva historia de libertad en el mundo, pidamos sobre todo conocer a Dios, conocer humilde y verdaderamente a Dios y, conociendo a Dios, aprender la verdadera obediencia que es el fundamento de la libertad humana.
«La diestra de Dios lo exaltó, haciéndolo jefe y salvador»: Dios lo ha exaltado a su derecha, Cristo camina delante de nosotros, nos precede, nos muestra el camino. Estar en comunión con Cristo es estar en Su camino, subir con Él, seguirle al Él, seguir a Aquel que ya ha pasado, que nos precede y nos muestra el camino.
¿En verdad voy a obedecer a Dios antes que a los hombres?
¿Anuncio que Cristo Jesús ha Resucitado?
¿Vivo con la libertad de los Hijos de Dios?






Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha.

Bendigo al Señor en todo momento,
su alabanza está siempre en mi boca.
Gustad y ved qué bueno es el Señor,
dichoso el que se acoge a él.

El Señor se enfrenta con los malhechores,
para borrar de la tierra su memoria.
Cuando uno grita, el Señor lo escucha
y lo libra de sus angustias.

El Señor está cerca de los atribulados,
salva a los abatidos.
Aunque el justo sufra muchos males,
de todos lo libra el Señor. 
 
 

miércoles, 6 de abril de 2016

san Juan 3, 16-21






Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. El juicio consiste en esto: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra perversamente detesta la luz y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios. 








  • ¿Dios salvador o Dios castigador?

Por si todavía nos quedaban dudas sobre el aparente dilema entre justicia y misericordia de Dios, hoy la Palabra también nos ofrece luz y seguridad. Luz que siempre nos vendrá bien, pues la preocupación por el más allá, por la salvación o condenación, ha sido y sigue siendo una constante en todas las culturas y en todas las religiones.
Las afirmaciones de Jesús hoy son terminantes: “El que cree en él –en Jesús- no será condenado”. “Dios no mandó su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él”. La voluntad de Dios está muy clara. Sólo queda que nos fijemos en nosotros y veamos qué tal andamos de fe.









¿Y las obras? ¿Basta con creer y hacer, luego, lo que nos venga en gana? Las obras, cuando son buenas, son fruto y efecto, no causa, de la fe y del amor de Dios. Alguien las definió bellamente diciendo que “más que obras, son amor de Dios que, pasando por nuestras manos, se dirige a los demás”. Es la fe la que nos moverá a las obras, que, a su vez, validarán aquélla.
La fe es una virtud teologal. ¿Crees que la persona pudiera jugar también algún papel en su adquisición con una actitud de honradez, coherencia y fidelidad?
Una vez recibida, ¿qué hacer, personalmente, para mantenerla, incrementarla y. libre y respetuosamente, ofrecerla a los que no la tienen?




Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha.

Bendigo al Señor en todo momento,
su alabanza está siempre en mi boca;
mi alma se gloría en el Señor:
que los humildes lo escuchen y se alegren.

Proclamad conmigo la grandeza del Señor,
ensalcemos juntos su nombre.
Yo consulté al Señor, y me respondió,
me libró de todas mis ansias.

Contempladlo, y quedaréis radiantes,
vuestro rostro no se avergonzará.
Si el afligido invoca al Señor,
él lo escucha y lo salva de sus angustias. .

El ángel del Señor acampa en torno a sus fieles
y los protege.
Gustad y ved qué bueno es el Señor,
dichoso el que se acoge a él.