Querido hermano: Nadie te desprecie por ser joven; sé tú un modelo para los fieles, en el hablar y en la conducta, en el amor, la fe y la honradez. Mientras llego preocúpate de la lectura pública, de animar y enseñar. No descuides el don que posees, que se te concedió por indicación de una profecía con la imposición de las manos de los presbíteros. Preocúpate de esas cosas y dedícate a ellas, para que todos vean cómo adelantas. Cuídate tú y cuida la enseñanza; sé constante; si lo haces, te salvarás a ti y a los que te escuchan.
Timoteo aparece como animador de la comunidad de Éfeso, en ausencia de Pablo, que se siente urgido a aconsejarle sobre el modo en que debe situarse y actuar para poder llevar a cabo su tarea.
Es posible que las recomendaciones concretas las formuláramos hoy de otro modo. También ofrece dudas que la buena conducta de Timoteo parezca tener como objetivo “que todos vean cómo adelantas”. Y sobre todo, sabemos todos -y el mismo Pablo lo deja meridianamente claro en pasajes clave de sus cartas- que nuestras obras no nos salvan y muchísimo menos aún salvan a otros.
Hay, sin embargo, una indicación que percibo que es actual siempre y que podemos retomar cada día: “No descuides el don que posees”.
Una propuesta que contiene matices cuyo recuerdo puede movilizar, activar, dinamizar nuestra actitud vital en los diversos momentos o etapas por las que cada una de nuestras vidas discurre.
En primer lugar la conciencia agradecida de que hemos recibido un don. Lo que somos, lo que tenemos, lo que podemos conseguir, lo que vamos realizando en la vida, es fruto del don recibido de Dios. No nos podemos poner medallas porque no somos los “autores” de nuestras capacidades. Las hemos recibido.
Pero en la advertencia de Pablo hay un matiz que sí nos concierne de manera personal: “no descuides”. La responsabilidad de “poner en marcha” y mantener activo ese don que hemos recibido. Porque lo que sí es cierto es que “mi don” nadie sino yo puede ejercitarlo y ponerlo a disposición del bien común.
Ojalá podamos olvidar disculpas, argumentos pomposos, hiperactividad, cansancios… y recordar cada mañana que el don está ahí, y el Señor también para sostenernos en nuestro deseo de hacerlo fructificar.
Hna. Gotzone Mezo Aranzibia O.P.





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