Querido hermano: Está muy bien dicho que quien aspira a ser obispo no es poco lo que desea, porque el obispo tiene que ser irreprochable, fiel a su mujer, sensato, equilibrado, bien educado, hospitalario, hábil para enseñar, no dado al vino ni amigo de reyertas, comprensivo, no agresivo ni interesado. Tiene que gobernar bien en su propia casa y hacerse obedecer de sus hijos con dignidad. Uno que no sabe gobernar su casa ¿cómo va a cuidar de una asamblea de Dios? Que no sea recién convertido, por si se le sube a la cabeza y lo condenan como al diablo. Se requiere, además, que tenga buena fama entre los de fuera, para evitar el descrédito y que lo atrape el diablo. También los diáconos tienen que ser respetables, hombres de pa-labra, no aficionados a beber mucho ni a negocios sucios, conservando la fe revela-da con una conciencia limpia. También éstos tienen que ser probados primero, y cuando se vea que son irreprensibles, que empiecen a su servicio. Las mujeres lo mismo, sean respetables, no chismosas, sensatas y de fiar en todo. Los diáconos sean fieles a su mujer y gobiernen bien sus casas y sus hijos, porque los que se hayan distinguido en el servicio progresarán y tendrán mucha libertad para exponer la fe cristiana.
Los responsables de la comunidad, obispos en la versión presente, deben presentar un buen ramillete de valores humanos y cristianos que apuntan no tanto al perfil del cargo episcopal, cuanto a cualidades de honda repercusión en el trato fraterno. La diaconía, cuya necesidad por la comunidad es más que esencial, no está exenta de dificultades; las exigencias del ministerio diaconal implicaban el constante ejercicio de la caridad, y esto les hacía depositarios de bienes y fondos para la atención a los necesitados de la comunidad. El desempeño adecuado de la diaconía en la comunidad, misión apostólica al fin y al cabo, conferirá a los diáconos una estima que les facilitará el servicio siempre mejorable de la Palabra. Porque la Palabra agradece que el evangelizador haga gala de cualidades que apuntan a la valentía, a la transparencia del mensaje y a la deseada congruencia entre lo vivido y lo proclamado.





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