lunes, 14 de septiembre de 2015

Timoteo 3, 1-13







Querido hermano: Está muy bien dicho que quien aspira a ser obispo no es poco lo que desea, porque el obispo tiene que ser irreprochable, fiel a su mujer, sensato, equilibrado, bien educado, hospitalario, hábil para enseñar, no dado al vino ni amigo de reyertas, comprensivo, no agresivo ni interesado. Tiene que gobernar bien en su propia casa y hacerse obedecer de sus hijos con dignidad. Uno que no sabe gobernar su casa ¿cómo va a cuidar de una asamblea de Dios? Que no sea recién convertido, por si se le sube a la cabeza y lo condenan como al diablo. Se requiere, además, que tenga buena fama entre los de fuera, para evitar el descrédito y que lo atrape el diablo. También los diáconos tienen que ser respetables, hombres de pa-labra, no aficionados a beber mucho ni a negocios sucios, conservando la fe revela-da con una conciencia limpia. También éstos tienen que ser probados primero, y cuando se vea que son irreprensibles, que empiecen a su servicio. Las mujeres lo mismo, sean respetables, no chismosas, sensatas y de fiar en todo. Los diáconos sean fieles a su mujer y gobiernen bien sus casas y sus hijos, porque los que se hayan distinguido en el servicio progresarán y tendrán mucha libertad para exponer la fe cristiana. 




 Los responsables de la comunidad, obispos en la versión presente, deben presentar un buen ramillete de valores humanos y cristianos que apuntan no tanto al perfil del cargo episcopal, cuanto a cualidades de honda repercusión en el trato fraterno. La diaconía, cuya necesidad por la comunidad es más que esencial, no está exenta de dificultades; las exigencias del ministerio diaconal implicaban el constante ejercicio de la caridad, y esto les hacía depositarios de bienes y fondos para la atención a los necesitados de la comunidad. El desempeño adecuado de la diaconía en la comunidad, misión apostólica al fin y al cabo, conferirá a los diáconos una estima que les facilitará el servicio siempre mejorable de la Palabra. Porque la Palabra agradece que el evangelizador haga gala de cualidades que apuntan a la valentía, a la transparencia del mensaje y a la deseada congruencia entre lo vivido y lo proclamado.






Cuando Dios quiere elevar a un alma, ¡oh, qué dulce violencia le hace! Digo dulce, pero es tan fuerte que el alma no la puede resistir.

(San Pablo de la Cruz )

 


Salmo 100 

 Andaré con rectitud de corazón 

 Voy a cantar la bondad y la justicia,
para ti es mi música, Señor;
voy a explicar el camino perfecto:
¿cuándo vendrás a mí?

Andaré con rectitud de corazón
dentro de mi casa;
no pondré mis ojos
en intenciones viles;
aborrezco al que obra el mal.

Al que en secreto difama a su prójimo
lo haré callar;
ojos engreídos, corazones arrogantes,
no los soportaré.

Pongo mis ojos en los que son leales,
ellos vivirán conmigo;
el que sigue un camino perfecto,
ése me servirá.  

 

 




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